«Assange lo dijo claro: los medios podrían detener las guerras si investigaran, pero prefieren repetir propaganda y cobrar el cheque del poder.»
Durante décadas, los medios de comunicación han justificado su existencia bajo el estandarte de la ‘verdad’ y el ‘contrapoder’. Sin embargo, la historia de los últimos 50 años nos muestra una realidad mucho más oscura: casi todas las guerras que hemos presenciado no nacieron de amenazas reales, sino de mentiras fabricadas, repetidas hasta el hartazgo en las portadas de los periódicos y en los titulares de la televisión.
Lo que Julian Assange señaló con crudeza en 2021 sigue vigente: los medios no son cómplices pasivos de la guerra; son el ariete que la hace posible. Mientras las poblaciones, por naturaleza, rechazan el conflicto y no entrarían en él con los ojos abiertos, la maquinaria mediática se encarga de cerrar esos ojos. Nos engañan, nos manipulan y nos presentan la agresión como defensa, y el derramamiento de sangre como un mal necesario.
Pero el engaño no es fruto del error; es el resultado de una decisión consciente. Detrás de cada titular bélico hay un lobby económico, una industria armamentística o un interés geopolítico que paga por esa narrativa. Los medios han dejado de investigar para convertirse en meros altavoces de la propaganda gubernamental. La inacción y la complicidad son sus pecados capitales. Podrían haber detenido estos conflictos si hubieran cavado un poco más, si hubieran puesto el foco en los documentos incómodos o en las voces disidentes. Pero prefirieron el camino fácil: reimprimir el comunicado oficial y cobrar el cheque.
Assange fue aún más radical: su crítica es tan profunda que nos obliga a preguntarnos si el mundo no estaría mejor sin la prensa actual. ¿Por qué? Porque cuando un medio se corrompe, ya no ilumina; oscurece. Cuando el periodismo se vende al mejor postor, deja de ser un puente hacia la paz para convertirse en un arma de destrucción masiva.
La relación entre información y paz es directa y matemática: un entorno mediático sano, basado en la evidencia y la ética, genera sociedades pacíficas. Pero un entorno intoxicado por el dinero y los lobbies solo genera miedo, odio y, finalmente, cadáveres.
Por eso, desde este espacio, nos negamos a ser parte de ese engranaje. No repetiremos las mentiras del poder. Investigaremos, preguntaremos y, sobre todo, recordaremos que la paz no es un estado natural; es una construcción diaria que solo es posible si nos negamos a ser engañados
Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.