ESCLAVITUD EN JAPÓN

El impacto de la cultura del esfuerzo extremo para la sostenibilidad social de una nación en decadencia — resumen de una entrevista a Alejandro Kasuga

La imagen de Japón ante el mundo suele ser la de una nación de eficiencia impecable, tecnología de punta y seguridad envidiable. Pero según Kasuga, tras esa fachada de orden se esconde una realidad descarnada: una cultura laboral que, llevada al extremo, se convierte en una forma de esclavitud moderna donde el individuo deja de ser humano para transformarse en un engranaje más de la maquinaria mercantilista.

El costo de la «lealtad»: morir por trabajar

Para Kasuga, entrar a una empresa japonesa no es firmar un contrato, es firmar un compromiso «de por vida» que se parece más a una adopción familiar que a un trabajo: la deslealtad se paga con el ostracismo social. Esta presión dio origen al karoshi, «morir por trabajar», un fenómeno tan real que el propio gobierno japonés lo reconoce y publica cifras oficiales al respecto. Los empleados terminan sosteniendo ritmos de hasta 80 horas semanales solo porque el jefe también lo hace, bajo la lógica perversa de que tomarse vacaciones «se ve mal» mientras el resto se sacrifica por la empresa.

El entrevistado describe una deshumanización que llega al punto de que muchos trabajadores terminan sacrificando su vida personal por completo: aceptan traslados internacionales de un día para otro sin que nadie les pregunte si tienen familia, pareja o vida propia. No es raro ver en las estaciones de tren a gente de traje durmiendo sobre las mesas de una cafetería o directamente en el suelo — convertidos, dice Kasuga, en «zombies» que ya ni vuelven a su casa y compran ropa interior en la tienda de conveniencia para ir de la oficina a la ducha y de la ducha de vuelta al escritorio.

Un sistema que te aplasta desde niño

Y esto no arranca en la oficina, arranca en el salón de clases. El sistema educativo japonés mete una presión psicológica brutal desde chico: un solo examen de admisión puede decidir el éxito o el fracaso financiero de toda una vida. Si te va mal y no entras a una universidad de prestigio, tu destino queda sellado hacia empresas de segunda categoría — y esa presión, según el entrevistado, tiene relación directa con las alarmantes tasas de suicidio juvenil en el país.

Incluso el ikigai, ese concepto que en Occidente romantizamos como «encontrar tu propósito de vida», en Japón significa otra cosa completamente distinta, según Kasuga: no es una pasión, es una válvula de escape. Una actividad de fin de semana —pescar, cuidar un bonsái— que funciona como tanque de oxígeno mínimo para poder sobrevivir a otra semana de sufrimiento laboral. Le vendieron al mundo un concepto de plenitud que en su lugar de origen es, en realidad, un mecanismo de supervivencia.

Un sistema que empieza a resquebrajarse

El resultado, dice Kasuga, es una de las sociedades más infelices del mundo pese a su riqueza material. La ausencia de padres en casa por las jornadas eternas está generando problemas serios en las nuevas generaciones. Y los karaoke box, esos espacios que Occidente ve como pura diversión, funcionan más bien como válvula de escape: ahí es donde los empleados van a gritarle en secreto a la foto de su jefe antes de volver a la rutina de la máquina.

Vale la pena decir que esto no es estático: Japón ha empezado a mover fichas —leyes que limitan las horas extra, campañas oficiales contra el karoshi— y las generaciones más jóvenes ya están menos dispuestas a tragarse la lealtad ciega de sus padres. Pero para Kasuga eso no alcanza. Mientras la eficiencia siga siendo el altar donde se sacrifica la vida humana, el sistema seguirá empujando a la gente al límite. Una sociedad que no deja a sus ciudadanos descansar, formar familia o simplemente vivir, tarde o temprano paga el precio. Y ese precio, advierte el entrevistado, ya se está empezando a ver.

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